Observar las bellezas que nos ofrece el universo es observarnos a nosotros mismos con el mejor de los lentes. Pero no siempre es el caso. ¿Qué es más primitivo, el buen humor o la contemplación estética?
Es un día triste. Es un día de esos en los que nada tiene sentido, en los que el aburrimiento nos amenaza con incertidumbre, en los que parece que todo lo que hacemos es un intento inútil por alcanzar metas igual de inútiles. Salimos afuera, el calor del sol nos reconforta, el verde de las plantas nos anima, la conexión con nuestro animal querido nos alegra. Volvemos al mundo de la existencia humana con las baterias cargadas y la mente fresca, listos para atacar esos problemas inútiles, que ahora vuelven a ser muy importantes.
Otro día, igual de bello. Salimos a dar un paseo en el parque. La gente camina, y nos alegra su presencia. Tienen sus problemas, sus ocupaciones. El universo está lleno de pensamientos y emociones, y saber eso nos llena de confort. El teléfono suena. Atendemos la llamada. Es una mala noticia. No tiene que ser algo exageradamente trágico, pero es lo suficientemente trágico como para angustiarnos, suspendernos en una caja de vacío hermética, condenarnos a la insensibilidad. Nos sentamos en un banco, y todo es horrible. El azul del cielo no transmite nada, es opaco. Ponemos música en nuestros aurículares, música bella, pero somos incapaces de concentrarnos. ¿Qué se puede hacer ahora, más que arrollarse como un bichito bolita, y esperar que el tiempo pase?
A veces un suceso dichoso nos hace apreciar la belleza de un día nublado. A veces ninguna percepción sensorial nos afecta emocionalmente, porque estamos sumergidos en la existencia más inmediata: cosas, ocupaciones, tiempo de reloj.
Entonces, parecería que ninguna de las dos tiene una primacía real sobre la otra. Parecería que se influyen recíproca y sinérgicamente, consciente e inconscientemente, gradual y abruptamente, describiendo hermosas figuras matemáticas que la psicología y la filosofía aún no pueden determinar. Y todas estas figuras se entrelazan con las de todas las demás consciencias, y con las nuestras mismas del pasado, y con las nuestras mismas del futuro. ¿Qué nos queda por hacer, más que arrojarnos en esa marejada sin temor, y dejarnos llevar por la corriente? Sí, ya estamos en la marejada. Es imposible salir de ella. Y sí, la corriente siempre nos ha llevado. ¿Cuál sería el gran descubrimiento? ¿Aprender a controlar la marejada? ¿O descubrir que nosotros mismos somos la merejada?